Sabemos que apenas firmada ¿?, la premisa del
acuerdo entre la Unión Europea y el
Mercosur desató en la Repùblica Francesa
un oleaje de críticas no siempre motivadas por el sentido común, la solidaridad con
el Sur o de la defensa de las sociedades de los países del Mercosur.
Agricultores
híper subvencionados y ecologistas han sido los primeros que saltaron sobre la firma y las espaldas del Presidente
francés, Emmanuel Macron. Hay que ser claros y rigurosos: no están criticando
el acuerdo por el daño que le hace a las economías del Mercosur o la
liquidación de la soberanía sino por el daño que le hace ellos y, supuestamente,
al planeta: los agricultores porque temen por las consecuencias económicas
que un acuerdo semejante puede acarrear para su producción agrícola: los
ecologistas porque impugnan principalmente la desforestación del Amazonas
llevada a cabo desde hace décadas con la connivencia Occidental y
demencialmente aumentada desde que el extravagante
presidente Bolsonaro llegó al poder.
En su
denuncia férrea, los verdes olvidan
mencionar la complicidad de las empresas europeas y norteamericanas con esa
desforestación, el uso intensivo de pesticidas y fertilizantes en la producción
europea y las gigantescas subvenciones agrícolas de la Unión Europea que han
sido siempre un instrumento de desequilibrio de los mercados en detrimento de
los países productores del sur. Un informe del mes de abril de este año
elaborado por la Organización Amazon Watch acusó a las empresas del Viejo
Continente y de Estados Unidos de participar en la destrucción del Amazonas y,
por consiguiente, de contribuir a la destrucción del equilibrio climático del
planeta.
Verdes y agricultores convergen ahora
en un frente común contra el acuerdo. Los dos principales sindicatos de
agricultores franceses, la importante FNSA
y la Confederación Campesina, manifestaron su total repudio al pacto UE Mercosur. El portavoz de la Confederación
Campesina, Nicolas Girod, dijo “tengo una reacción de asco”. Christian Lambert, Presidente de la
FNSA, declaró que “la soberanía
alimentaria, la de los territorios, los problemas climáticos han sido barridos
en beneficio del comercio internacional y de un crecimiento sin riendas”.
El Secretario general del mismo sindicato, Patrick
Bénézit, afirma que “este acuerdo
conduce a una situación de concurrencia desleal”. En términos de
concurrencia y de lealtad, el dirigente agrícola francés no menciona las
subvenciones agrícolas de la UE que mantienen la producción y los precios de
los productos europeos bajo ¿respiración artificial?dentro de la PAC (Política Agrícola Común). Un
informe de julio de este año publicado por la muy liberal OCDE (Organización para la Cooperación y el desarrollo económico)
volvió a denunciar la honda “distorsión” de los mercados que acarrean esas
subvenciones y recomendó que dichas ayudas fuesen reorientadas hacia la defensa
del clima. La OCDE reveló, entre otras incorrecciones, que el 54% del respaldo
otorgado a la agricultura se hace de tal forma que “mantienen los precios agrícolas artificialmente por encima de los
niveles en vigor en los mercados internacionales”, lo que “perjudica a los consumidores”. Cerca
del 80% de las ayudas oriundas de la PAC son, de hecho, transferencias directas
hacia las ganancias de los agricultores. En Estados Unidos, la ayuda directa a
los productores agrícolas llega al 80 por ciento. Utilizar la palabra “desleal”
en este contexto es un disparate.
Claro que
a escala europea, la Copa Cogeca,
principal sindicato agrícola de la Unión Europea, critica la “geometría variable” de la UE, la cual,
sostiene, “amplia el foso entre lo que se
les pide a los agricultores europeos y lo que se les tolera a los productores
del Mercosur”. Lo que está en juego aquí son las normas sanitarias
disímiles entre los dos bloques. La reacción ecologista ha sido igualmente
virulenta. El ex Ministro de Ecología de Emmanuel Macron, Nicolas Hulot (es propietario de nueve vehículos…. ) fue uno de los
primeros en partir en cruzada contra el convenio. En una entrevista publicada
por el diario Le Monde, Hulot dijo que
“este acuerdo es completamente antinómico con nuestras ambiciones asumidas, y
sobre todo con la realidad de lo que es preciso hacer”. El ex Ministro de
la transición ecológica alega que con esta firma “se exonera a los países importadores de los esfuerzos que se les pide
a nuestros propios agricultores”. ( desde Latinoamèrica les podríamos decir,
“eso no es cierto” A su vez, el
eurodiputado ecologista Yannick Jadot,
acusa a J.Bolsonaro de querer “masacrar el Amazonas” y de abrir más su
país al “agronegocio”. El principal
blanco de los ataques es el presidente brasileño Jair Bolsonaro, al que
incrimina de “saquear el Amazonas”. Hay algo violento, falso y cínico en todo
esto. Como ocurrió con los agricultores y su producción y sus tractores
subvencionados, Hulot y los ecologistas
dejan en el camino nombres como los de las francesas Guillemette & Cie, el Groupe Rougier, o la alemana Acai GmbH,
todas implicadas en negocios agrícolas con Brasil dependientes directamente de
la destrucción del Amazonas. Ni una palabra tampoco sobre bancos como BNP Paribas que tienen cuantiosas
inversiones en multinacionales que trafican con las materias primas: ADM,
Bunge, Cargill, Louis Dreyfus. Estos cuatro mastodontes le venden a
Europa soja brasileña, y hasta se la compran a productores bajo embargo por
haber despojado zonas protegidas. BNP-Paribas,
JP Morgan y Barclays son los organismos financieros que más han invertido
en las cuatro multinacionales mencionadas. El informe de Amazon Watch “Complicity in
destruction II” está ampliamente documentado y es indispensable para
comprender que una cosa son las criticas legitimas que se le pueden hacer al
acuerdo en gestación entre el Mercosur y la Unión Europea, y otra muy distinta la defensa de intereses
corporativos en nombre de la sanidad agrícola o el medio ambiente.
Pero veamos ¿quièn ha pensado en las industrias, los
servicios, los mercados públicos, la química o las farmacéuticas del Mercosur
que se verán ciertamente arrasadas con la llegada de los europeos?. Pero el
camino de la firma final será largo y seguramente espinoso. El acuerdo debe ser
traducido en texto jurídico antes de que sea remitido para su aprobación por
los 28 Estados miembros de la Unión
Europea. Después deberá ser aprobado por el Parlamento Europeo y los
parlamentos nacionales. Claro, los Congresos de los países miembros del
Mercosur espera algo mas que terreno espinoso…



